La decisión
«Algunas elecciones marcan el camino»
Bienvenidos a través del Umbral.
Si quieres leer este relato como fue imaginado, aquí tienes la música que lo acompañó mientras lo escribía.
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«Algunas elecciones marcan el camino»
Las brasas antes del Canto · III
La Decisión
1992, Tokio.
La llamada a la puerta hizo que Satō detuviera la escritura. Kusuhara entró haciendo sonar sus zapatos de tacón sobre el suelo recién pulido del despacho como martillazos contra metal. El sonido se le clavaba en el oído a cada paso tensándole los hombros.
—Disculpe la interrupción, señor.
Satō alzó la vista despacio hacia la joven secretaria frente a él.
—Han llegado cartas a nombre de Renard Roux.
Su reacción se repetía cada vez que escuchaba aquel nombre. La expresión era impasible, pero los ojos castaños, con un toque dorado, no se apartaban de ella. Posó el bolígrafo sobre el escritorio de madera con calma medida y estiró una mano sin levantarse de la silla.
—Gracias, Kusuhara-san. Hoy tengo una reunión con el señor Touma, hágalo pasar en cuanto llegue.
—Como desee.
La secretaria le entregó la carta en mano con la vista baja, fija en sus zapatos. A pesar de llevar ya cerca de cinco años trabajando juntos, la joven aún no se atrevía a sostener su mirada.
Hizo una ligera inclinación y se giró de regreso hacia la salida, pero se detuvo justo antes de salir.
—¿Desea que le avise antes de hacerle entrar?
Los ojos del señor Satō permanecían sobre el papel que tenía entre sus manos. Lo golpeó rítmicamente contra el canto de la mesa antes de responder.
—No es necesario. Pero prepara té y pasteles de anko para nosotros.
—Sí, señor.
Cuando Kusuhara salió del despacho, agarró la carta y la abrió sin mirar siquiera al remitente. Solo había una persona que le escribía a aquel nombre. Solo una.
Al sacar el papel del sobre, el olor a tierra, musgo y lluvia le llenó las fosas nasales. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Como siempre, su traducción era impoluta, perfecta. Mas él no se detuvo a leerla, pues lo que estuviese escrito allí no tenía importancia. Tan solo lo que venía tras aquella hoja...
Con el cuidado de manos expertas agarró el folio, cogió una esquina y metió la uña hasta lograr despegar el fino papel escondido tras él. De no haber sabido que estaba allí, habría pasado desapercibido. Pero Chispa siempre le enviaba la información delicada de manera que fuese prácticamente imposible de encontrar.
El segundo folio se despegó. Lo acercó a la luz de su flexo y ajustó la vista para leer lo que había allí escrito sin tinta, con aquella fina letra pulcra, tan típica de ella, en francés. Sus dedos se crisparon contra el papel y el corazón se le aceleró como si le hubiesen pasado un hilo candente bajo la piel.
«Las pequeñas vidas están resguardadas bajo el manto Magrit.
Alimentan su energía y sus sueños bajo mandato. Cincuenta a la vista, veinte ocultos.
La casa está cerrada y vigilada. Sin sangre maldita. Espero al viento de primavera.»
Las manos del énari temblaron al leer el mensaje, necesitó leerlo varias veces antes de lograr que su respiración se volviera calmada de nuevo. Agarró la cajetilla de tabaco, Hope, que tenía guardado en el cajón superior de su escritorio. Encendió un cigarrillo.
Setenta niños, había setenta encerrados, pequeños lilim o seudolilim siendo usados. El nudo en la garganta le impidió tragar el humo. Sus puños se cerraron alrededor de la hoja, arrugándola.
Si no le respondía pronto, ella no dudaría en entrar, aunque fuera sola. No. Setenta son demasiados para ella, por muy buena que sea, por muy rápida que pudiera llegar a ser.
Dejó apoyado el cigarrillo sobre el labio y cogió el teléfono, marcando el número cero.
—¿Señor? —la voz suave de Kusuhara respondió al otro lado sin llegar a dar tono.
—Tengo que hacer una llamada, que no me interrumpa nadie.
—El señor Touma acaba de llegar, estaba a punto de indicarle que pasara.
—Dile que espere.
Colgó sin esperar respuesta. No podía permitir que fuera sola, la sangre le hervía solo de pensarlo. Era demasiado arriesgado. Los dedos teclearon el número con memoria muscular. El tono sonó al otro lado, un pitido, dos, tres; Vamos, Chispa, responde, no me digas que ya te has marchado…
—¿Sí? —el corazón le dio un golpe seco al pecho al escuchar la voz rasposa por el sueño al otro lado. El castellano limpio y claro como un rayo en la mañana de primavera.
Una sonrisa se formó en sus labios nada más oírla y el humo, que había estado reteniendo sin darse cuenta, salió liberado de sus pulmones.
—Ya pensaba que no me ibas a responder.
Su francés sonó con un marcado acento que, a pesar del paso de los siglos, no parecía mejorar.
—Renard… —el tono cambió al reconocer la voz—. ¿Sabes siquiera la hora que es aquí?
—La hora en que te impido cometer una locura.
Al otro lado de la línea sonó un suspiro largo mientras la madera era arrastrada por el suelo de piedra. ¿Se está acomodando en una silla para hablar conmigo?
—No esperarás que me quede sin hacer nada. ¿Quieres que mire hacia otro lado como si no lo supiera?
—No, tengo la esperanza de que tengas la suficiente paciencia como para que esperes para hacerlo juntos.
«Juntos», la palabra se le escurrió por la garganta antes siquiera de llegar a pensarla. La respiración de ella se volvió inaudible.
—Renard…
Apretó el puño y apagó el cigarrillo en el cenicero.
—Tan solo no vayas sola, Chispa —la interrumpió. Tragó saliva mientras una tensión interna le contraía los músculos de la espalda, oprimiendo las costillas, provocando un peso profundo en el pecho—. Dame un par de semanas y no irás sola.
Un tamborileo le llegó desde el otro lado.
—Muy bien, te doy dos semanas, no más.
Satō no pudo responderle al momento.
—hm… ¿Has llegado a salvo?
—¿Ahora quieres hablar de cómo estoy? —la voz de Chispa salió iluminada a medias en una risa.
—Siempre quiero saber cómo estás… —la de él salió más grave, a pesar de la contención, una parte incontrolable se le escapaba.
—Sana y salva como puedes escuchar —se la oyó acomodarse—. Las flores han comenzado a florecer en el jardín —dejó que su espalda se recostara contra el respaldo de la silla, imaginándose las flores de las que le hablaba, las que le había contado alguna vez que florecían como pequeñas campanillas moradas—. Aunque aún hace frío en las mañanas, es más agradable salir a pasear. La tierra está más tierna y comienza a llenarse todo del olor de la vida —los hombros cayeron relajados por completo.
—En Tokio todo huele a gas, tabaco y sudor —agarró un pitillo con los dientes sacándolo de la cajetilla. Ella se rió, sonaba a agua cristalina en un riachuelo en primavera.
—Estoy bastante convencida de que tú también hueles a tabaco —cerró el zippo con un chasquido tras dar la primera calada.
—Probablemente a ti te huela más a hinoki, a cedro o alguna planta.
Su risa resonó de nuevo, el pecho del énari se expandió a cada vibración de ella.
—Ahora lo veo claramente; la razón por la que fumas tanto.
—Claro, mi querida Chispa, siempre hay que encontrar el mejor modo de superar las adversidades.
La puerta de su despacho se abrió sin aviso. Su cuerpo se tensó al momento, erguido como un bambú, preparado para cualquier situación, reflejo de años de guerra.
Touma entró sin avisar, sin pedir permiso, con aquel andar despreocupado que tanto lo caracterizaba cuando quería marcar territorio. Caminó hacia el pequeño sofá colocado junto a la mesa baja que tenía precisamente para aquellos momentos. Se sentó en él apoyando los brazos y abriendo las piernas. Su mirada oscura se clavó en el director con sorna.
—Ya, especialmente cuando vives en una ciudad tan llena de gente —la voz de Chispa se opacó por la interrupción. El aire se volvió denso en el despacho mientras Kusuhara insistía en hacer regresar al enorme hombre que se había acomodado como si fuera su propia casa.
Los ojos de ambos hombres se cruzaron. Satō apretó la mandíbula sin soltar el teléfono y alzó una mano hacia la secretaria: un gesto claro para que se marchara.
Un segundo después la joven se había inclinado y había salido de la habitación dejándolos a ellos dos solos, y a la llamada aún a medias.
—Me temo que tengo que cortar aquí la llamada, querida—hizo una pausa sin apartar los ojos de Touma—. Parece que mis socios no saben esperar cuando se les pide —el tono se volvió afilado, profesional.
Touma sonrió al escuchar el francés. Sus dientes blancos se mostraron por completo sin apartar la vista de su compañero.
Al otro lado del teléfono se escuchó un suspiro cansado.
—Buenas noches, Renard. La próxima vez no llames a estas horas.
—Hablamos pronto —colgó el teléfono y miró al neuri frente a él—. Eres peor que un perro.
El japonés salió de su garganta con naturalidad. La risa grave de Touma reverberó en toda la habitación.
—¿Medio año sin vernos y así es como me recibes? Haciéndome esperar y llamándome perro. Me decepcionas Fu…
—No pronuncies ese nombre. —Sus palabras fueron un trueno grave, un arco tenso a punto de soltar la flecha. Las luces titilaban en el techo—. Mucho menos aquí.
Touma se rascó la nuca observando las luces. Estiró los brazos y los apoyó sobre las rodillas.
—Como quiera —levantó las manos en son de paz—, Señor Satō —Pronunció su nombre actual como una burla. La mirada del énari se le clavó como el filo de una katana. Touma se encogió de hombros— Cuando te desbordas así, es mucho peor.
—No me provoques y dejaré de hacerlo.
Satō fue consciente de su propio malestar. Se había dejado llevar demasiado. Se frotó las manos, buscando calmar el ligero temblor en ellas.
—¿Cómo están las cosas por Francia?
—Algo mejor que la última vez, las manadas se han unido en una sola y ahora permanecen en lo profundo de Vosges du Nord. Los alfas han llegado a un acuerdo y han decidido que sea Louvel el alfa de todos ellos —Satō hizo una afirmación con la cabeza mientras lo escuchaba, desarrugando la carta sobre la madera—. Los Antiguos están trabajando un acuerdo con el gobierno humano europeo, no creo que tarden en llegar a él.
Se cruzó de brazos, apoyó la espalda contra la silla que se inclinó ligeramente hacia atrás.
—¿Un acuerdo? ¿Qué tipo de acuerdo?
—Algunos machos aceptarán permitirles… investigar —la mano del director golpeó la mesa con la palma abierta.
—¿Investigar? ¿Van a darles conejillos de indias a cambio de un maldito acuerdo?
—Aseguran que si investigan sobre nosotros también podremos averiguar cosas que pudimos haber perdido sobre nuestra propia historia.
El énari se puso de pie de un tirón. Su traje se volvió pequeño ante el crecimiento de su cuerpo. Las orejas se alargaron y los ojos le brillaron como fuego amarillo.
Llamaron a la puerta antes de entrar. Satō se giró hacia el ventanal que daba hacia la ciudad y caminó hacia él, ocultando su verdadera forma. Kusuhara entró con una bandeja y se detuvo en seco al sentir el ambiente tenso y frío.
Touma la miró con una sonrisa, su cuerpo avanzó hacia ella con calma hasta quedar de frente. La fragancia del té verde recién hecho le llenó los sentidos.
—¿Son pastelitos de anko? —tomó la bandeja entre sus manos, rozando apenas los dedos de la mujer, que enseguida dirigió la vista hacia él.
Los ojos marrón oscuro le repasaron el rostro con mesura, provocando que se sonrojara. El neuri estaba tan cerca que lograba tapar con todo su cuerpo a la figura que estaba tras él.
—Sí, el señor Satō me pidió que los preparara —la joven no apartó los ojos, absorta en aquel encanto que provocaba que los ojos de Touma se vieran brillantes.
—Yo —la voz le tembló al hablar de nuevo—, puedo llevarlo, señor.
—No es necesario —terminó de coger la bandeja—. Gracias, yo me encargo.
Le hizo una inclinación de cabeza y la guió, apoyando la mano libre en la zona baja de su espalda, hacia la salida.
Cuando la puerta se cerró tras ella, se giró hacia su amigo, que bajaba la cabeza observando sus propias manos. Su cuerpo ya había vuelto a una altura más humana y no quedaba rastro de las orejas.
—Te noto un poquito de mal humor hoy, ¿no? —Touma dejó la bandeja sobre la mesa baja. Satō se pasó la mano por el rostro. Su energía aún temblaba dentro de él, luchando por salir.
—Acabo de recibir noticias desde España, donde están investigando con niños —se giró hacia él, sus ojos que en lo habitual los mantenía de un color almendra brillaban como el color del oro. Touma frunció el ceño al escucharlo, los puños se cerraron con fuerza a los costados.
—Y tú vienes y me dices que en Francia los Antiguos están planeando un acuerdo donde entregar a los nuestros para que los usen. ¿A cambio de qué? ¿De que los dejen de cazar como monstruos?
—Sí.
—Eso no es un acuerdo, es un sacrificio.
—No creas que he estado de acuerdo con ello, —la voz le salió más baja— las manadas tomaron la decisión de aceptar y los Antiguos lo están llevando a cabo. No he podido impedirlo.
El director caminó hacia él, sus hombros caídos, rendidos ante la verdad inevitable del mundo. Al llegar junto a él le apoyó una mano en su hombro.
—Lo sé, Touma, lo sé. —su voz fue un hilo bajo—. A veces para sobrevivir no nos queda más que hacer… sacrificios —apretó los puños—. Aunque no estemos de acuerdo con ellos.
Satō se sentó en el sofá y sirvió el té. Se notó en su postura los años de trabajo en el templo.
El hombre lobo se sentó frente a él. El ambiente en la habitación estaba cargado. Los siglos trabajando juntos le habían permitido reconocer cuando su hermano de armas estaba en los límites de su propia paciencia.
—Hablabas con Chispa cuando llegué, entonces—levantó la vista hacia Touma, su mirada era imperturbable.
—Sí, me ha dado dos semanas para que organice algo. Si no irá ella sola —le acercó la taza de té y uno de los dulces.
—¿Ella sola? Esa loba tiene ganas de morir —la taza en las manos del neuri parecía un complemento de juguete—. ¿Qué planeas hacer? ¿Vas a ir tú mismo?
El cuerpo del énari tembló, Touma lo percibió, pero lo sintió más en su piel, en cómo su aura oscilaba bruscamente a su alrededor.
—No, no puedo —se jactó. Le había dicho que iría, que la ayudaría. Aun así no permitiría por nada del mundo que fuera ella sola, si se adentra y al final…
No se permitió pensarlo, el simple hecho de intentar imaginarlo le oprimió el pecho hasta provocarle una punzada de dolor.
—Vas a ir tú. Junto con algunos de los guerreros de Francia.
Touma detuvo el bocado que estaba a punto de darle al anko a medio camino.
—¿Yo? ¡Pero si acabo de volver!
La expresión del énari no aceptó réplica.
—Irás tú, ayudarás a sacar a los niños de España. La protegerás y me mantendrás al tanto de todo.
—Kusō… —el insulto salió sin fuerza de entre sus labios. Cuando lo decía así sabía que no tenía otro remedio que aceptar—. ¡Cuando vuelva me darás un mes de vacaciones!
—Dos, si logras sacar a todos vivos.
La sonrisa se agrandó en el rostro del neuri, extendió la mano hacia él.
—Dalo por hecho —sus manos se cerraron la una sobre la otra, firmando el pacto.
La historia continúa en:
✧ El Rescate ✧
Si te has quedado con ganas de más, también puedes leer el interludio:
✧ Lo que queda bajo el suelo ✧
Si aún no has cruzado los primeros umbrales puedes continuar por aquí:
✧ La Primera Llamada ✧
✧ El Humo en la sangre ✧
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No sé porque este texto me deja siempre con las ganas de escribir más.
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