El Rescate
«Todo acto tiene consecuencias. Toda vida exige una muerte.»
Bienvenidos a través del Umbral.
Si quieres leerlo como fue imaginado, aquí tienes la música que lo acompañó mientras lo escribía.
🎧Escuchar Spotify
— ✦ —
«Todo acto tiene consecuencias. Toda vida exige una muerte.»
Las brasas Antes del Canto · IV
El rescate
1992, Madrid.
Fotografia de Miguel .
Estación del AVE en Atocha, el 21 de abril de 1992.
El calor era bochornoso en la estación de Atocha.
La gente se movía sin detenerse a observar a su alrededor, centrada exclusivamente en no perder el tren que debían tomar.
Naia estaba más absorta en los reflejos que provocaba el sol al atravesar las vidrieras del lugar que en el barullo de las personas a su alrededor.
Habían acordado encontrarse allí a las quince horas. El reloj marcaba las catorce cincuenta y cinco. Sus ojos recorrieron el espacio, buscando algún indicio de su llegada. Nadie parecía percatarse de la presencia de la lilim. La energía baja, la esencia contenida.
Su cabello rizado cayó hacia un lado cuando bajó la cabeza para observar sus propias zapatillas blancas a la última moda para llamar menos la atención.
Renard era un hombre de palabra, o al menos eso le había demostrado durante veintinueve años. Nunca se habían visto, ni siquiera en una foto, pero confiaba en él como si así fuera. Al principio se habían comunicado exclusivamente por carta, no personal, sino por trabajo. Aunque cualquiera que hubiese leído aquellas comunicaciones habría creído lo contrario.
El corazón en su pecho se aceleró; una pequeña sonrisa iluminó su rostro al recordar su voz a través del teléfono.
Se llevó la mano a la boca de manera inconsciente, mordisqueando una de sus uñas.
Un grupo de turistas pasó frente a ella obligándola a dar unos pasos hacia atrás hasta pegarse contra la pared.
Se había colocado en el punto central desde donde podía observar casi toda la estación de un vistazo.
Apartó la mano de la boca y regresó la vista al reloj. Las catorce cincuenta y siete.
¿Se había retrasado su tren?
No había habido aviso ninguno.
¿Había cambiado de idea? ¿Quizás consideró la misión demasiado arriesgada?
«Dame un par de semanas y no irás sola».
Sus palabras habían sido claras.
«Hacerlo juntos».
«Juntos».
Al momento de escucharlo no lo había creído del todo, pero cuando añadió lo de las dos semanas algo en su interior se había calmado.
Un carraspeo a su lado la sacó de sus pensamientos. Sus ojos se encontraron con un hombre de ojos rasgados y cabello negro, liso, desfilado por delante. Traía con él el olor del mar, la madera ligera y un cierto toque cítrico que no fue capaz de identificar.
—¿Vous êtes Chispa? —su corazón se detuvo al escuchar el francés perfecto.
«Chispa».
Preguntaba por ella, pero algo no encajaba.
El francés era demasiado refinado, sin acento. La voz era grave, pero no estaba cargada de la vibración energética a la que estaba acostumbrada. Pero sobre todo, no olía a tabaco.
—Oui, c’est moi —lo repasó; camiseta negra, pantalones a juego, botas, y en una de sus manos una pequeña maleta de piel—. Pero tú no eres Renard —respondió en el mismo idioma.
El hombre rió mostrando unos impolutos dientes.
—No, yo soy Touma. Su… enviado —la observó de abajo a arriba, deslizando la mirada por sus piernas hasta la camiseta gris donde una sonrisa mal hecha con los ojos en equis sacaba la lengua. Su sonrisa se amplió al verla—. ¿En serio? ¿Nirvana?
Los ojos de Naia se entornaron ante el comentario y su boca se volvió una línea fina. Renard no solo no había venido sino que había enviado a un inepto a cambio.
—¿Algún problema con mi gusto musical?
Se inclinó hacia ella para mirarla a su altura.
—Soy más de la vieja escuela —el olor a cítrico se difuminó con su cercanía permitiendo captar lo que pretendía ocultar. Un olor seco, terroso, como las hojas secas del otoño.
Los ojos de él se detuvieron un segundo en la marca oscura de su cuello, del lado izquierdo. Naia entrecerró los ojos al percibirlo..
—Todos los neuri decís lo mismo, como si cualquier música que no fuera rock clásico fuera basura —se apartó de la pared y comenzó a caminar—. Vamos, tenemos mucho que preparar.
Touma asió con fuerza la maleta de piel y la siguió. Naia podía sentir su mirada clavada en la nuca.
—He reservado una habitación en uno de los hoteles cercanos. ¿Está todo preparado para mañana?
—Sí, algunos de los nuestros ya están instalados en los alrededores. Los que faltan terminarán de llegar hoy —se puso a su altura para poder mirarla de lado—. ¿Solo una habitación?
La ceja de Naia se levantó apenas antes de mirarlo.
—Una habitación, dos camas. ¿Algún problema?
—No, no si tú no lo tienes —el neuri miró hacia el frente esquivando su mirada.
—Tranquilo, solo muerdo cuando me provocan.
—Entonces será mejor que duerma con un ojo abierto.
Naia lo miró de reojo.
—Sí, mejor.
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras avanzaba por la estación hacia el exterior. Renard no había venido, pero al menos no tendría que hacer la misión sola.
✧✧✧
Touma esperaba tras la puerta de barrotes. Habían quedado en que ella entraría primero, se colaría en la zona de seguridad y desactivaría todos los accesos para permitirle entrar al resto y a él.
Se habían pasado gran parte de la noche discutiendo sobre ello. Touma había insistido en que dejarla entrar primero, sola, era demasiado arriesgado. Naia había logrado convencerlo cuando se había transformado en una pequeña gata negra frente a él.
Pierre sacó un chicle de su envoltorio y se lo metió en la boca. Touma observó el acto y suspiró.
—¿Tienes que hacer eso siempre que vamos en misión?
—Me relaja —le respondió el francés sonriendo mientras se encogía de hombros.
El pitido seco de la apertura de la puerta sonó. Touma la empujó con suavidad y la abrió sin esfuerzo. Justo a tiempo.
Dirigió una mirada a su espalda a los cuatro hombres que iban con él.
—Recordad, son niños, sed rápidos, no agresivos.
La entrada al orfanato estaba decorada como un jardín cerrado de rosas y claveles. La entrada tenía cuatro arcadas de piedra gris, a juego con el resto del edificio. A pesar de la luz que iluminaba el cielo de verano, la oscuridad en el interior del edificio era latente.
Entraron en él sin que nadie los detuviera. En la recepción un par de monjas caminaban cargando con cestas de mimbre tapadas con telas.
—Buenos días, señores. No sabíamos que tendríamos visita hoy —habló la más mayor, con arrugas en la frente y ojos grises— ¿De parte de quién venís?
Touma se tensó al escuchar el castellano sin entender ni una sola palabra de lo que decían. Tras él el resto de hombres se miraron los unos a los otros ralentizando el paso.
La voz de Naia sonó no muy lejos de ellos. Apareció por uno de los pasillos de la derecha. Llevaba puesta la misma toga negra que las mujeres y el velo cubriendo el pelo.
—¿Ya habéis llegado? —su voz sonó con calma estudiada y estiró una mano hacia el pasillo tras ella—. Los niños están en esta dirección a la derecha y en la segunda planta los más mayores.
Las monjas se giraron hacia ella al oírla hablar. Los hombres no necesitaron comprender el idioma cuando ella indicó con el brazo estirado la dirección a seguir.
—¿Quiénes son estos hombres? —preguntó de nuevo la anciana frunciendo más el ceño al no obtener respuesta verbal por parte de ellos.
—Han sido enviados por la madre superiora para llevar a los pequeños a una revisión en el hospital de La Paz —Naia hizo un gesto de saludo con la cabeza a Touma, dejándolos pasar. La monja más joven los observaba con la boca ligeramente abierta. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Pierre este le lanzó una sonrisa y ella bajó la mirada.
—No estoy informada de esto. ¿A qué niños van a llevarse? —La anciana los observó dando un paso hacia el pasillo por donde avanzaban—. Y además, ¿quién eres tú?
Naia la miró entonces sin cambiar su expresión.
—María Antonia, la madre superiora me ha pedido que guíe a los hombres que vendrían para llevar a los niños al hospital.
—¿María Antonia? —sus ojos grises se clavaron en ella evaluándola— ¿Eres nueva?
—Llegué hace dos semanas —Touma y el resto ya se habían adentrado por completo y comenzaban a sacar a los niños de las habitaciones. Más hombres de los suyos aparecieron en el pasillo desde la parte trasera del edificio.
La anciana se giró hacia ella alarmada.
—No conozco a ninguna María Antonia, voy a hablarlo ahora mismo con la superiora —dio un paso hacia delante, el segundo no llegó. Cayó al suelo inconsciente por el golpe que Naia le había dado en el cuello.
La monja más joven dio un grito. Naia la alcanzó en dos zancadas y la dejó inconsciente igual que a su compañera. Giró entonces en redondo y echó a correr por el pasillo. Tenían que sacar a los setenta niños en menos de quince minutos si querían que la misión no fuera fallida.
—¡Arriba hay más niños! ¡No os detengáis! —. Les gritó en francés ayudándoles a colocar en fila india a cada pequeño.
El grito de la monja había llamado la atención de algunos de los guardias dispersos por el edificio. Uno de ellos gritó al ver a uno de los hombres de Touma, alzando la porra contra ellos.
Los guiaba hacia la salida trasera del edificio, donde habían preparado los vehículos de huida.
Touma se adelantó al verlo sacar el arma y atacó desde la espalda con un golpe seco en la nuca. El guarda cayó como un peso muerto al suelo. Varios niños se echaron a gritar mientras los empujaban hacia el exterior.
—¿Dónde ha quedado lo de no ser agresivos? —preguntó Pierre, agarrando a un pequeño que intentaba echar a correr.
—¿Qué estáis haciendo? —otra mujer salió de una de las habitaciones. Pierre no perdió el tiempo. Empujó a la mujer de una patada al interior de la habitación por la que salía y la encerró en ella rompiendo la manivela.
Naia pasó delante de ellos corriendo hacia el piso superior. La toga negra se movía como una sombra a cada paso.
—¡Diez minutos y nos largamos! —les gritó subiendo las escaleras de dos en dos.
Touma la siguió con la mirada, dudó unos segundos antes de seguirla hacia el piso superior.
—¡Pierre! —llamó a su compañero para que lo siguiera.
No necesitó comprobarlo, Pierre siempre había sido el más fiel en su equipo, sabía que sería su sombra mientras durase la misión.
Al llegar al segundo piso se encontraron con Naia frente a una mujer que se colocaba delante de los niños con los brazos extendidos para protegerlos.
—¡No les hagáis daño! ¡Tan solo son niños! — Naia permanecía con las manos a ambos lados de las piernas, relajadas.
—No hemos venido a hacerles daño —dio un paso hacia ella, la monja retrocedió.
Touma levantó una mano para detener a Pierre cuando llegó tras él.
—¡Os los estáis llevando! —empujó un poco más hacia atrás. Naia detuvo sus pasos— ¿Qué pretendéis hacer con ellos?
—Liberarlos —le respondió sin apartar la mirada de los ojos azules claros de la joven— y enseñarles a vivir en un mundo que los teme.
Algunos niños se revolvieron tras ella cuchicheando entre ellos.
—¡Ellos no están atrapados! —se excusó. Su respiración se aceleró, sus manos comenzaron a temblar desde la punta de los dedos.
Naia inclinó la cabeza hacia un lado, midiendo la verdad en sus labios.
—¿Eso es lo que te dices a ti misma para poder dormir en las noches? —avanzó un paso. El temblor se volvió más evidente— ¿Cuándo los llevan a «gimnasia» en el sótano?
Touma observó el intercambio sin comprender las palabras, pero el tono de Naia le bastó para entender que algo había cambiado.
Los ojos de la monja se abrieron de golpe.
Toda fuerza que la había mantenido tensa pareció esfumarse con aquellas palabras. Naia se aproximó lo suficiente como para apoyar una mano en su hombro.
—Nadie les hará daño donde yo les lleve —dijo.
Los brazos bajaron sin fuerza al igual que su mirada.
La lilim observó a los pequeños tras la mujer, ablandando la mirada antes de hablar.
—Vais a estar bien, pero debemos salir de aquí cuanto antes.
La duda se reflejó en sus rostros, se miraron entre ellos. No eran más que niños de entre siete y nueve años. Inocentes en una guerra que los había cogido demasiado jóvenes. La monja se giró hacia ellos, abriendo el paso hacia Naia.
—Marchaos —su voz sonó más segura y comenzó a empujar a los niños hacia los hombres—. No miréis atrás.
Ambas mujeres intercambiaron una mirada. No había nada más que decir, sus corazones se habían conectado. Naia se giró hacia los neuri tras ella.
—Rápido, no creo que nos queden mucho más de cinco minutos.
Touma hizo una afirmación seca con la cabeza cuando sus ojos se encontraron. Había algo en Naia que resonaba con el mundo de un modo diferente.
—Aún quedan más —dijo la monja apoyando la mano en el brazo de Naia cuando el último niño se dirigió hacia las escaleras—. La madre superiora se los llevó con ella cuando escuchó el revuelo.
Su energía se afiló como una daga.
—¿Dónde? —la voz le salió más grave. La joven de ojos azules señaló la puerta cerrada al final del pasillo.
Touma percibió como Naia se adelantaba hacia aquella puerta y se detuvo antes de descender.
—Pierre, ve bajando —Touma apoyó una mano sobre el hombro de uno de los pequeños, indicando el camino—. Metedlos a todos en los coches. No esperéis.
Pierre lo miró desde las escaleras con la mirada encendida, afirmó una vez y aceleró el paso.
—Allez, vite! —les dijo a los pequeños, que lo comprendieron más por el tono que por el idioma.
A lo lejos unas ruidosas sirenas anunciaron que se les acababa el tiempo.
Naia avanzó sin dudar, Touma la siguió. La monja se acercó a las escaleras, pero se detuvo antes de bajar.
—Tened cuidado, siempre lleva consigo un arma. Ahora entiendo por qué.
Naia miró a Touma. No necesitaron palabras para entenderse cuando ella se pegó a la pared. Touma la siguió, cada uno a un lado de la puerta. La energía en el interior de la habitación era densa, demasiado para criaturas que deberían estar en calma. Ella alzó una mano hacia él haciendo que esperara antes de lanzarse a abrir la puerta. La lilim alzó dos dedos. Señaló al neuri. Y seguidamente a la puerta. Tú abres, yo entro.
Un dedo bajó. Cuando llegó el segundo, Touma golpeó la puerta de una patada.
Una energía dura y densa se lanzó hacia él desde el otro lado. Naia lo empujó hacia un lado para impedir el choque mientras con su mano izquierda hizo un giro en el aire que lanzó la energía hacia el techo.
El neuri alzó la vista tras el empujón y la vio frente a la puerta abierta con ambas manos alzadas.
En el interior de la habitación había tres personas. Una mujer vestida de toga, su rostro mostraba el paso del tiempo. Frente a ella una niña de cabello rizado castaño y ojos chocolate. A su lado un niño. Mismo tipo de cabello, mismos ojos. Dos gotas de una misma sangre. Gemelos, lilim. No aparentaban tener más de seis o siete años.
Sus pequeñas manos estaban alzadas hacia la puerta abierta, hacia ellos, hacia Naia.
—No he venido a haceros daño —habló con suavidad.
—No la escuchéis, el diablo tiene la capacidad de meterse en vuestros corazones y haceros dudar del mal —la mujer tras los niños habló con voz rasposa.
En una mano sostenía un rosario. La otra mano la apoyaba sobre el hombro del niño.
Las manos de la niña temblaron, una descarga de luz salió de ellas. Naia no se apartó de la línea de tiro. Permitió que chocara contra ella. Dio un pequeño paso hacia atrás, inclinándose hacia delante, tosiendo.
Touma cerró los puños y dio un paso. La mano de Naia abierta hacia él en el aire lo detuvo en seco.
—Tienes una energía hermosa —sus ojos verdes se alzaron para encontrar los de la niña —, no tanto para atacar, sino para sanar.
—Dios está con nosotros si lo mantenemos en nuestro corazón —la anciana apoyó una mano sobre el hombro de la niña que tembló ante el contacto, sus ojos se llenaron de lágrimas—, rezad para que no llegue su voz a vosotros.
Los hermanos se miraron entre ellos. Ninguno de los dos apartó la mirada de la mujer que tenían de frente. Sus bocas no se movieron cuando la mujer comenzó a entonar el rosario.
—No tenéis por qué hacer esto si no queréis —Naia los miró uno a uno.
—¡Rezad a Dios para que no permita que el mal entre! —la anciana apretó el hombro del niño que hizo una mueca —. Liberad la energía que os ha otorgado para luchar contra él.
—No sois armas que puedan usarse —alzó la voz un grado para que la oyesen bien—. Solo sois niños —extendió las manos abiertas hacia ellos y se agachó para quedar a su altura—. Nadie tiene derecho a deciros lo que tenéis que hacer.
Las manos de la niña temblaron un último momento antes de bajar.
El niño abrió los ojos ante el gesto de su hermana.
—¡Rezad! —Chilló la anciana clavando las uñas en sus hombros. La pequeña se zafó de ella de un tirón, dando un paso alejándose de la monja.
—¡No!
La expresión de la madre superiora cambió, se comprimió en una mueca torciendo la boca mientras apretaba los dientes. Metió la mano libre entre su ropa.
—Que Dios se apiade de vuestras almas.
Naia vio el arma en cuanto salió del bolsillo.
Su energía se comprimió.
El tiempo a su alrededor se detuvo.
La niña alzaba los brazos hacia su cabeza buscando cubrirse. El niño se giraba hacia la anciana dirigiendo las manos hacia ella queriendo proteger a su hermana. Touma ya estaba dando un paso hacia el interior de la habitación.
No esperó. Actuó.
Su energía estalló como una ráfaga oscura con volutas doradas. Para el resto no llegó ni a ser un parpadeo. Los disparos sonaron seguidos hasta vaciar el arma.
Touma había alcanzado a la niña y la había protegido con su cuerpo. El pequeño había caído de culo contra el suelo y observaba la escena con los ojos muy abiertos.
Los pitidos tras los disparos taponaron cualquier sonido que pudiera haber alrededor del neuri. No había sentido dolor.
Sin soltar a la pequeña giró el rostro hacia su espalda.
Naia sostenía con una mano la muñeca de la monja que sostenía el arma dirigiéndola hacia el techo. Su otra mano le agarraba del cuello empujándola contra la pared para inmovilizarla. La toga con la que se había vestido para pasar desapercibida estaba hecha jirones del lado derecho, donde la energía del niño la había alcanzado.
—No más —la voz salió como un gruñido bajo hacia la anciana que temblaba sin atreverse a mirarla a los ojos. Apretó la garganta unos segundos más hasta que perdió el conocimiento y la soltó.
Las sirenas sonaron más cercanas a través de las ventanas del despacho. Naia se giró hacia el niño y lo agarró de una mano.
—Corred.
Touma no tenía muy claro lo que acababa de pasar en aquella habitación. Pero la urgencia de la huida no le permitió pararse a pensar. Agarró a la pequeña en brazos y siguió a Naia atravesando el pasillo a zancadas y bajando las escaleras dando saltos. Pudo ver la piel de ella a través de los jirones de tela negra, que comenzaban a mancharse de sangre.
En la parte baja se escucharon gritos de hombres entrando en el orfanato. Y las últimas advertencias en francés antes de las ruedas quemándose en el asfalto.
Al final de las escaleras Pierre esperaba junto a la puerta trasera a la izquierda de estas. Por el lado derecho varios policías armados corrían hacia ellos. El muy cabezota no se había ido.
—Allez, vite! —les gritó sosteniendo la puerta.
Naia la atravesó dando un tirón al niño, que apenas lograba seguirle el ritmo, levantándolo del suelo y cargándolo con un brazo.
—¡Policía! ¡Deteneos! —sonaron las voces tras ellos.
Touma no miró hacia atrás. Cargó a la niña al hombro y salió hacia el patio donde el coche estaba preparado con las puertas abiertas y el motor encendido.
Naia se metió en el asiento trasero junto al niño. El neuri lanzó a la niña dentro y cerró la puerta para subirse en el asiento del conductor.
Sonaron disparos. Touma se encogió hacia delante mientras Naia se agachaba empujando las dos pequeñas cabezas junto a ella.
Pierre se giró sacando su pistola hacia la policía. El movimiento quedó suspendido en el aire cuando sonaron los disparos.
Por el retrovisor vislumbró el cuerpo en el suelo de su compañero.
Los pequeños gritaron.
—¡No disparéis, podríais darle a los niños! —gritó un policía.
Touma no esperó más, quitó el freno de mano y pisó el acelerador a fondo.
—Agarraos —les dijo cuando dio un volantazo al salir a la calle.
El silencio en el coche se volvió pesado durante varias calles.
Cuando el sonido de las sirenas desapareció en la lejanía de la ciudad Naia miró a los pequeños comprobando que no estuviesen heridos.
—Quedaos agachados —les dijo a los niños antes de deslizarse hacia la parte delantera.
Al pasar por encima del reposabrazos hizo una mueca de dolor. Se sentó al lado de Touma soltando el aire lentamente.
—¿Pierre? —preguntó mirándolo de reojo.
Él negó con la cabeza sin apartar la mirada de la carretera. Naia bajó la mirada apretando los labios.
—Tenemos que curarte esto —añadió el neuri oliendo la sangre en el ambiente.
—O dejar que se cure solo —le respondió apartando los jirones de tela para ver la herida.
Parte de esta ya comenzaba a cicatrizar.
Touma frunció el ceño mirándola de lado por un segundo.
—Lo siento… —murmuró el niño.
Naia giró la cabeza hacia él.
—No te disculpes, yo me metí en la dirección de tu trayectoria. —miró a la niña agachada tras el asiento—. Hiciste lo que tenías que hacer para proteger a tu hermana. ¿Cómo os llamáis?
El pequeño se miró las manos y las apretó delante del pecho.
—Elena —la pequeña respondió primero— y él es Miguel —el niño alzó la vista hacia su hermana.
Naia sonrió con suavidad observándolos.
—Yo soy Naia —señaló a Touma con la mano que la miró de reojo— Y él es Touma, pero no entiende castellano, así que podéis llamarle lo que queráis.
Touma levantó una ceja al escuchar su nombre, sin comprender el resto.
Elena mostró una pequeña sonrisa.
—Hablabais francés, ¿verdad? Lo estábamos estudiando.
Naia afirmó con la cabeza.
—¿Podéis hablarlo?
Miguel negó con la cabeza.
—Solo unas pocas palabras.
—Bueno, adonde vamos a ir ahora tendréis que aprender a hablarlo, pero estaré con vosotros para acompañaros en el proceso, no os preocupéis.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada.
—¿Nos vais a llevar a otro orfanato?
La lilim apretó los labios.
—Buscaré una familia que pueda cuidaros. No más recintos cerrados.
Touma no entendió sus palabras, pero percibió la energía cálida que emanaba de ella. Poco quedaba de la mujer que acababa de atravesar el fuego.
Continuará en:
✧ El Hogar Prestado (Próximamente)
Si este es el primer relato al que llegas tienes los anteriores a continuación:


